Tocando puertas

Foto por Sergio Mendoza

Foto por Sergio Mendoza

Me di cuenta que le estaba dando demasiada importancia al «éxito laboral»

Por Katherine Estrada

La impresora terminaba de sacar la última copia de mi currículum. Estaba determinada a poner todo de mi parte para conseguir un empleo en donde pudiera practicar lo que había aprendido en el Seminario. 

Ese año me la había pasado llorando, quejándome y refunfuñando por «hacer tan poco» después de varios años de preparación. Tenía una licenciatura, algo de experiencia y estaba por cerrar dos maestrías más. Pensaba: «¿Cómo es posible que nadie me haya querido dar una plaza formal para enseñar Biblia y teología hasta ahora?».

Me propuse tocar cada una de las puertas que veía en mi camino. Me levantaba sintiendo que el día se me acababa. Llegaba a cada sitio, me quedaba unos minutos en el carro, practicaba mentalmente mi presentación y oraba. Con cada paso hacia las oficinas, mi corazón retumbaba. Visité universidades cristianas y seminarios. Estreché muchas manos, mostré muchas sonrisas y di un sinfín de suspiros al término de cada entrevista.

Ante mi visita inesperada, algunos me ofrecían con amabilidad contactarme si tenían noticias, mientras que para mi sorpresa, otros me expresaban su interés de que me incorporara a su equipo de trabajo. Hablábamos de los cursos que podía dar. Intercambiábamos contactos. Continuaban las visitas y los diálogos... y también la espera.

El tiempo avanzaba y las cosas no se concretaban. Un olvido, un problema, un recorte en el presupuesto, o alguna otra cosa ocurría y poco a poco las puertas se cerraban. Sentía una extraña mezcla de confusión y tranquilidad. Me preguntaba: «¿querrá Dios realmente que me dedique a esto?» Sabía que había hecho lo que estaba en mis manos y solo me quedaba esperar.

En esos días, mi esposo mencionó que tendría una conversación laboral y hablaría de mí. No llevaría mi currículum, pues sería una plática informal. El año estaba por terminar. La última de las puertas que había tocado se cerró y la única que yo no había buscado, se abrió. ¡Me dieron el empleo!

Empecé a trabajar con gusto, no como maestra, pero sí ayudando a otros maestros a crecer. Cada día me enfrentaba a distintos y pequeños retos con emoción. 

Entonces, llegó la pandemia y la aparente seguridad de trabajo se desvaneció. No sabíamos por cuánto tiempo sobreviviría nuestro equipo laboral. Nos planteamos seriamente la posibilidad de ser despedidos. La inseguridad, la ansiedad y el temor de algunos meses atrás regresaron.

Me di cuenta que le estaba dando demasiada importancia al «éxito laboral». Quería ser reconocida, que alguien me dijera que hacía bien mi trabajo y anhelaba ver una recompensa tangible. Estaba trabajando para ojos humanos y para mi propia satisfacción. 

Reconocer esto me dolió profundamente. Lloré y pedí perdón. Más allá de necesitar un puesto, un empleador y una paga, necesitaba ser responsable con lo que había recibido de Dios y eso, sí lo podía hacer aún cuando perdiera mi trabajo. 

Finalmente, no fui despedida pero la lección quedó grabada. Tengo un Señor a quién rendirle cuentas, de Él espero la aprobación, y solo de Él vendrá la recompensa.


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